Hate, de Peter Bagge, es algo más que un cómic indepediente. Para muchos de nosotros es EL cómic independiente. Desde principios de los 80 a casi todos los 90, Hate narra las desventuras de Buddy Bradley, un loser como tantos de nosotros. Amores, desamores, meteduras de pata, familia y ascos varios que perfilan el retrato más fiel y crudo que se pueda hacer de su (nuestra) generación.
Sé cómo acaban las desventuras de Buddy, pero por ahora me quedo con su última aparición en España, publicada con cuentagotas. Pasa de todo: su mejor amigo se pega un tiro, su hermano pretende montar un taller de droga en su casa, su madre se va a mudar con un rollete de Florida... La verdad es que Buddy es un gilipollas. Es mezquino, vago, acomplejado, insensible y egoísta, pero quizás por ser tan capullo es casi como un espejo. Es una idea que tengo clara (sobre los personajes mezquinos, ya lo dije en los primeros posts). Pero hete aquí que Buddy toma en este número una decisión que, de pura lógica, me resulta tan atractiva como coherente. Vamos, que es para tomar ejemplo.
Y dado que me encuentro en la franja generacional perfecta para tomar ese tipo de decisiones ), y en un callejón sin salida cada vez más angosto, he empezado a hacer algunos cambios. De momento es uno, pero si consigo tener la constancia necesaria, vendrán más. Cambios requeridos, pero no por ello menos difíciles de afrontar. Sólo diré que una casa se construye por los cimientos, así que he empezado por mi misma: cambiar yo. Me ha costado, pero he empezado, y ahora espero mantener esta voluntad "reformista" El resto, poco a poco.