
Las series españolas. El viejo cuento del "quiero y no puedo", la queja rezongona sobre los bodrios que nos tenemos que tragar. Como si la producción propia del resto de Europa fuese mucho mejor. Bueno sí, la del Reino Unido. Pero es que esos tienen demasiada categoría y saber hacer para ser tomados como referente.
Donde hay consenso es en que la producción patria televisiva, desde los 90 hasta nuestros años, es esencialmente potosa: sitcoms con mayor o menor fortuna, culebrones, retablos de oficios y los supervivientes de diversos experimentos. Si tenemos en cuenta que la clave del éxito no es tanto la calidad, como el caer en gracia a parte de la audiencia, resulta muy divertido hacer memoria y reírse de los caídos. La arengada del inquilino, pese a aguantar semana tras semana (merced a un secreto chantaje que el de la coleta hace a los de A3), será blanco de risas en años venideros. Pero tenemos ejemplos más recientes: Los 80, de Telecinco, o metemos un par de referencias con calzador, dos romances y el costumbrismo de siempre y palante. Más bien patrás, señores. Me divierte la declaración de los responsables: retiramos la serie para darle un hervor a los guiones. Parece que la fórmula de dar una paliza semanal a Coronado no caló entre el público. ¡Pero oye, lo intentaban! Ahí estaban esas referencias tan documentadas, como llamar al grupo de ñoñipop protagonista Los Replicantes, basándose según declaran en la película de Scott
un par de años antes de que los androides soñaran con ovejas. O ver a Coronado indignado porque una niña estaba leyendo
El Víbora. ¿No ves que esto no es un tebeo, que es
El Víbora? No deberías dejarle leer
El Víbora. Pesadito el hombre con la referencia. Y sí, el dichoso ejemplar de
El Víbora también lo habían conseguido en el futuro.
Burla burlando descubro el Canal 6. Este rastrillo televisivo ha ido recopilando, a precio de saldo y de feria en feria, todas las series infames producidas en los 90 para goce de los teléfagos más masoquistas, incluyendo una batería de las peores comedias. Pero hete aquí que su parrilla incluye
series buenas. Producción dramática de calidad, de la que se hacía antes. Así descubrí
Pájaro en una Tormenta. Ni aposta hubiesen acertado más con el título
Esta serie se basa en la novela homónima de Isaac Montero, autor denso pero de recomendación furibunda. Su estilo es una excelente guía para aquellos que quieren (queremos) escribir
de verdad, los que se ven limitados a retratar una imagen o metáfora empezando por es como
Un señor con muchas tablas y saber hacer, a la hora de juntar letras y también al documentarse. Tanto en el desarrollo elíptico de la teleserie como en la perspectiva en primerísima persona de la novela, asistimos a las vicisitudes de un miembro de la antigua Brigada Criminal (encarnado en la pantalla por el mismísimo
dueño de Deportes Guerra) en sus pesquisas. Un falso policía ha cometido una serie de crímenes en Madrid, que pueden salpicar a altas instancias. El Chino debe dar con el culpable, pero sujeto a la zozobra de sus superiores, los implicados, diversas manos negras y las intrigas de El Callejón, el antiguo servicio secreto de aquella época. Una suerte de Colmena de aquellos años, pero formada por un retablo de cabrones, vistos por los ojos de un cínico.
¿Y qué época es esa? Pues pleno posfranquismo. Como las buenas novelas, Pájaro en una Tormenta sirve como recorrido guiado por los primeros 80, pero
los de verdad. La marea revuelta de la sociedad, nuevas costumbres y modernez mal entendida, la droga tomando las calles, los ideales enfrentados, el vuelva usted mañana, la precariedad, ETA, las hostias en los dientes, la señal de silencio seguida de la de rebanar el cuello, la
bañera, el síndrome de Nueva York infectando Madrid. Lentejas recalentadas, bocadillos en papel Albal, "a ver cuándo nos arreglan la calefacción", posters de la bomba atómica, la píldora, la querida. Inquietud, curiosidad, ilusión, senectud. Huída hacia delante.
Estos eran los verdaderos mimbres de aquella época. Aquí no hay lugar para visiones idealizadas y culturetas, ni de un bando ni de otro. Las orejas estaban igual de gachas en cualquier sector, con el acongoje previo a poner una inyección, que cura, sí, pero que también puede dejar un buen moratón. El punto de partida de una época que fue capaz de lo mejor, pero que para muchos resultó una migraña crónica. Pero en fin: la pérdida de lo establecido, fuese bueno o malo; cualquier cambio (aunque sea para volver a ese punto de partida) resulta algo doloroso.