
No se puede viajar a los Estados Unidos en busca de "experiencias culturales estimulantes". Pero si nos empecinamos, el sitio más interesante en ese sentido debe ser Boston. Hecha de mortero con pedazos del siglo XIX, y ecos europeos en sus peores (mejores) garitos.
De Boston son Dresden Dolls. Para lanzar su primer y homónimo disco, este duo no ha tenido más remedio que buscar un origen convencional para su banda. Lo habitual para que la prensa se de por satisfecha: "Amanda era cantante y pianista, Brian tocaba la batería y, después de dar tumbos en varias bandas, en el 2001 decidieron formar..." Pero sus seguidores más inquietos cuentan una historia diferente.
Historias que les convierten en un trasunto de William y Dru. Rumores que sitúan a la pareja en plena República de Weimar. Actuaron en los peores cabarets, exprimiendo cada instante de un hedonismo que a todos se les escapaba entre los dedos. Cuando paró la música desaparecieron. Poco después trasladaron su espectáculo a Nueva Orleans, y con el nuevo siglo hicieron de Boston su hogar. El nombre de su nueva banda es sarcasmo y guiño a su historia: Dresden fue una de las ciudades alemanas más castigadas durante la guerra.
Como en las mejores parejas artistas, Amanda es la estrella y Brian, pese a ser imprescindible, ocupa un papel de apoyo. Su batería complementa los temas, pero el elemento más destacable y original es el piano de la señorita Palmer. Todo en su música grita decadencia: la austeridad instrumental (batería, piano y gritos), la estridencia, sus letras sobre niños mecánicos y desamores mal perdonados
Rock Gótico, Punk, Cabaret, Rock Alternativo. Lo que podría ser una etiqueta para la revista más pedante es en realidad un sonido distinto. Algo nuevo pero que funciona como el mejor aparato de la era Steampunk. Amanda se ha quedado tocada por un montón de influencias, también musicales. Por su música se dejan caer la Dietrich, PJ Harvey, Tori Amos o Kurt Weill, como viejos amigos que se pasan a saludar, dejando su granito de arena pero hacíendose a un lado: las estrellas son Fräulein Palmer und Herr Viglione.
Escuchándoles cuesta muy poco imaginar a una pequeña Amanda, subiendo al desván en una tarde de marzo para revolver en el baúl familiar y probarse vestidos, sombreros, collares que le llegaban a los tobillos y un carmín con el que mancha su boca. (Vale, seguramente Brian hizo algo similar, pero la visión no es tan glamorosa). Entrenamiento transformado en actuaciones espectaculares, donde se entregan del todo al público con un look - por fin - original, gotico-weimaresco. Vaya, puede que no esté todo perdido en el gremio.