Para muchos de nosotros los 90 fueron el Febrero en nuestras vidas. Un martes con ecos de la diversión del último fin de semana, y las primeras ilusiones por el que se aproxima. Supongo que es por una cuestión generacional, pero esa década no tiene el mismo poder de evocación y nostalgia que los dichosos 80. Esta tontería de adolescente se debe a una autosugestión, por la que creemos que esa década no tuvo un estilo propio, una linea cultural predominante o cualquier tipo de ancla emocional a la que tan dados somos. El caso es que algo de verdad hay en esto si nos fijamos en el cine noventero. Cuidado, no en cualquier cine...
Hablo del cine que gusta en esta casa, claro.
¿Y el mundo, se acaba o no?
Existe una corriente estilística y formal que, dentro de cierta fertilidad, trata de extenderse de los 80 a los primeros años de los 90. Mientras en Europa algunos recogen los bártulos ante lo que se avecina, en el Imperio del Mal se trata de perpetuar el status quo, remasticando el chicle de lo conocido una y otra vez.
A ver, que que nadie se duerma, son cositas que todos conocemos: los montajes de escenas para el entrenamiento del héroe, los calcetines de colores, las habitaciones empapeladas con posters de celebridades-de-un-minuto, las grandes zonas residenciales, las familias numerosas formadas por tipos, con sus coches-tanque, la moralina de represión sempiterna... En lo formal tenemos al Señor Slasher, la Señorita Chica Virginal en Apuros, Mister Héroe Antibalas, los tópicos de instituto, las conductas reaccionarias y racistas contra lo anormal (el exterminio de la amenaza externa, ya sea alienígena, monstruo o psicópata) y, en general, todo lo que logre forzar la apariencia de bienestar que empezaba a resquebrajarse. Ya no cabían más bolsas de basura en el trastero...
Aquellos Maravillosos Morphings
Todo fue atajado al llegar los 90. Y se hizo siguiendo las mismas tácticas que en una guerra a gran escala. ¡Ni los prusianos! Primero se realizó una labor de limpieza, desde fuera hacia adentro, cortando las comunicaciones con el exterior. La fértil explotation europea, sobre todo italiana, cayó fulminada. Plop. Ciao zombie amico. Sin materia externa de la que nutrirse para la inspiración, y como final de un ciclo para el cine europeo, el género se fue. Por suerte los realizadores más inteligentes supieron no solo contraatacar, sino incluso superar este desplante en el lapso de unos años. Al final se nos hizo un favor.
Mientras tanto los americanos se pusieron manos a la obra en cuanto les llegó el olor a quemado. En Usa se trató de empezar con nuevos códigos (que curiosamente volverían a tierras europeas en unos años), unas señas de identidad forzadas pero reconocibles. En lo narrativo hay una mínima experimentación... mínima en circuitos mayoritarios, que en su casa y para los amigos cada uno hace lo que quiere con su Quimicefa Noventero.
Amén de diversas tonterias como la obsesión por lo secreto (resistencia secreta, clubs secretos, organizaciones secretas), los callejones con alcantarillas humeantes, la puta manía de incluir efectos infográficos con una tecnología aún verde y muy cara... Son señales de algo más que ya había empezado a notarse. Algo chungo. La década previa de conformismo y disfrute despreocupado era una sábana que resbalaba, desvelando una nada muy incómoda. Ya no se podía tapar más la desorientación y la pérdida, incluso el miedo. Todo empezó a oscilar entre el blanco esterilizado y las tuberías de hierro con oxido negruzco.
Contemplad: la Gran Parida
El cine realizado en los Noventa es reflejo de la Cultura del Apocalipsis. Hala, ya lo he dicho. Esa corriente cultural que engloba desde las abducciones a G.G. Allin, y que sin duda tuvo gran desarrollo en los 80 (perdón por el puñetero vaivén temporal), fue en manos de unos cuantos visionarios un avance del desastre generacional y humano que se avecinaba. Era (es) lo que subyace bajo capas de paranoias. Una locura ruidosa que sirve para intentar tapar a la otra locura, que por cruel, poderosa e inevitable muchos prefieren esconder. La versión para mayores, destilada, del taparse los oídos y decir "ñañañana", no te oigo". Pero si tu casa está agrietándose da igual que la tapes con papel pintado o cuadros cantosos. Las brechas empiezan a verse. Y en el cine de los 90 hay brechas. A chorro morro.
Poco a poco, un inconsciente colectivo impregna a todos los realizadores, al menos a todos los que van a pasar por aquí. Aquí va a estar el nostálgico admirador de John Hughes que no sabe madurar, el auteur reivindicativo que oye campanas y no sabe dónde. También el currito que adapta una licencia o el director de terror que ha levantado el velo. (Hey, ¿os acordais de cuando Clive Barker molaba? ¡Pues no fue en los 90!).
Todos ellos actúan como si hubiesen visto un monstruo chtulz... un monstruo czhtul... un monstruo de Lovecraft, vaya. Los hay que algo entienden y lo trasladan a su cine como buenamente pueden. Otros no, piensan que es cosa de pesadilla y no puede existir. Pero esa realidad contamina lo que filman. Y con ellos cientos de despistados que no saben si volver a hacer lo de antes para recuperar un poco de calma, o si darle a sus películas un toque de modernez e impostura rockera. Quitadles las camisas de cuadros a los protas, cambiad la banda sonora del grunge a unas guitarras más inofensivas y listo: tendréis a los de siempre, perpetuando sus lugares comunes. Y es de coña, porque esa fórmula se perpetua hoy día. ¡Es que nadie va a pensar en los ninios!
"Me llamo Auяeal y me gustó Johnny Mnemonic"
Para muestra un botón. Las películas de ciencia-ficción noventeras - de principios y mediados, con alguna honrosa excepción - tratan todas de mostrar un futuro próximo. "El Futuro Cercano", rezan los créditos o "Los Ángeles, dentro de unos años". Intentan moverse en las fronteras de lo plausible, sin alcanzar las cotas de evasión de la ciencia-ficción espacial. A la vez se permite un poco de mal rollo dosificado:un gobierno totalitario de mentirijillas, los no menos risibles grupos de Resistencia Organizada, Yakuzas, Triadas y demás... Al final el héroe siempre recupera el McGuffin hi-tech de turno, salva el día y se erradica la amenaza. Todo es un poquito mejor y un poquito peor, pero encuadrado en un entorno perfectamente controlado. Es decir, estos productos intentan reescribir el futuro para que no sea tan horrible como indica el presente. Pero para que funcione este conjuro creen preciso incluir cachos de realidad. Para que sea así.
En ese y otros géneros se dan diversos palos de ciego por los que se cuelan los vacios (esos grandes espacios de los planos secuencia), los personajes perdidos o bajo una pérdida, real o figurada (la heroína tras la noticia definitiva, el viudo o el desnoviado), las citadas rebeldías absurdas (todas las resistencias urbanas o las superbandas organizadas), la paulatina aparición de amenazas invisibles que no pueden ser destruidas ni atacadas, al carecer de fisicidad. Y sobre todo, la irrupción de la realidad como elemento agresivo, ya sea en lo literal (monstruos humanos que invaden el, hasta entonces, sacrosanto hogar) o en lo sinestésico, con los documentales más sucios y todos los mockumentaries, tema éste que también traerá cola por aquí.
Sinestésico... más bien estoy siendo anestésico. ¡Bueno! Otro de mis circumloquios para presentar una serie de películas. Ea, metido en este jardín, tendré que demostrar lo que digo con cada una.
Ap.1: el cine asiático de los 90 es un tema peliagudo pero igual de atractivo. La eclosión de la Categoría III, el auge y caída del cine de Hong-Kong, la exportación de realizadores, los primeros signos del advenimiento del J-Horror, la crisis en Japón y su calado en el cine de bandas juveniles...
Ap. 2: al lorito con los 90 en España, que tiene su cosa. Como siempre, los papamoscas. Aquí ni apocalipsis ni leches, más bien sicalipsis. El cine-denuncia y las killo-movies pasaron a mejor gloria. El destape derivó en esas divertidísimas películas de triángulos amorosos, el cine buenrrolista madrileño/catalán y el abominable género treintañero que vuelve a su pueblo natal y reencuentra amor y recuerdos. Pero ea, ahí está la punta de lanza que fueron De la Iglesia o Balagueró, a mediados y finales. Qué bien vendrían ahora...
Muy agudo, muy conciso y muy sentido, como siempre, pero dos apreciaciones. El auge del cine de Hong Kong fue en los ochenta, ¿no? Lo que pasa es que aquí nos llegó todo tarde, como de costumbre.
Y la foto que veo ahí arriba es de la bruja de Blair, ¿no? Bueno, ya se que es noventera, pero para mí siempre ha sido una peli sintomática de lo que es el cine de terror de los 00, más que de los 90, con su estética de terrorcito documental y leyenda urbana alimentada por internet. Que no es cosa noventera, creo yo.
Objection!
1 - Por supuesto que tanto la Categoría III como el auge de Kong Kong tuvo lugar en los 80. Pero todo el rollo johnwooesco y demás obtuvo eco en esta España nuestra a principios/mediados de los 90. A eso me refería, además de a los vaivenes que ha sufrido la producción de esa zona, la pobre.
2 - No estoy de acuerdo.... Tanto la explotation internetera como el rollo documental/mockumentary fueron un fenómeno muy aislado en finales de los 90, con algún latigazo en los 00. En los que por desgracia se ha perdido esa sana costumbre, como ya dije en otro post. (No entro a fondo en los falsos documentales, que son más viejos que la tos. Hablo de los de terror, como Blair Witch Project, la genial Lake County y otros).
Pero oiga, aunque estemos de acuerdo o no ... ¡estas discusioncillas son un goce! ¡Y ahí no puede rebatirme!
Eso no puedo negárselo... :D
Por otra parte, ya digo que la cuestión blair y el rollo mockumental, el situarlo en los 00 es cosa mía personal, no digo que esté usted equivocado.
Diga que sí, que cada uno hace con su continuum espacio-temporal lo que le da la gana.
Yo uso un Calcetín del Tiempo.
Pues a mí esa última escena de BWP me acojonó.
Lagrimones surcan mis mejillas.
Welcome back, meun freund!