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Asesinato en 8 mm

Tan pronto como terminó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos trató de rentabilizar la capitulación de Alemania. La ignominia de los campos de concentración, un horror conocido pero ignorado que al instante sirvió para esa actitud moralista y ñoña tan propia de los USA. Tras el testimonio gráfico del Holocausto que dieron los periodistas americanos, antes incluso que los propios militares, dio lugar a un testimonio gráfico demasiado crudo y real. Poco después los máximos productores americanos hicieron su peculiar Gira del Holocausto, con la supuesta misión de transmitir al mundo todo lo que vieran. El resultado fueron visiones dispares, capciosas y tamizadas, pero que al menos contenían un eco que merecía resonancia y continuidad. Salvando enormes, gigantescas distancias, Joel Schumacher fue la figura que por casualidad cerró la década de los 90 personificando la desintegración del individuo al enfrentarse al abismo creado por sus congéneres. Más de 50 años de diferencia definidos por una misma imagen, real y metafórica: cadáveres empujados a una fosa por bulldozers.
La viuda de un reputado millonario contrata los servicios de Tom Welles, un investigador privado que vive al día. Su objetivo es averiguar quién es la joven que aparece en una película hallada en la caja fuerte del difunto, y en la que tiene lugar un asesinato en vivo. Tom afirma a la mujer y a sí mismo el que será el mantra de la película: "no existe el snuff". Es el punto de partida de la desintegración de Welles como persona, atomizado por lo más abismal de sí mismo y por la podedumbre de una década.
Es curioso el tema del snuff. Esa manta de seguridad mental bajo la que nos escondemos insiste en que es algo demasiado extremo como para ser real. Pero tan pronto escuchamos a alguien aseverar que el snuff es un mito, surge una mínima decepción: es una aseveración tan categórica que anula toda elucubración, cualquier idea truculenta. Se carga el morbo y hacemos pucheros. Otro error es el concepto tópico que se tiene de estos films. Es decir, sólo se considera un snuff como real si muestra un crimen auténtico; pero además es preciso que muestre a la víctima en una silla, con iluminación lóbrega y un asesino al que sólo se ve de cuello para abajo. La cuestión creo que va más allá de si el snuff es real o no. Como ocurre con todas las ideas en general, cualquier aberración que imagines ya la ha pensado alguien antes que tú. Y antes que él, otros. Pon la tele, navega un poco o entra en el emule: hay está el snuff, puede que no como piensas, puede que peor de lo que imaginas. Pero está.
Cage lleva la película sobre sus hombros, al ser una encarnación de la mentalidad de la clase media más ingenua. Cage cae en una espiral en la que no hay escaleras de regreso. La película sabe detallar cada uno de los pasos, cada clavo en el alma de Welles y su degradación, casi voluntaria. Una degradación de la que mantiene al margen a su familia, una intención loable (que comienza por la bobada de Wells ocultando a su mujer que sigue siendo un fumador), pero equivocada en cuanto al tragárselo todo él solito termina por reventar. Cage es el Juan Nadie de los 90, que cierra un siglo de autoengaño y que no soporta que el abismo le devuelva la mirada. Joaquin Phoenix (quien a estas alturas ha resultado ser más listo, solvente y apañado que el martir de tercera de su hermano) es, con Mary Ann, el personaje más tierno de la película. Y lo es porque aunque se ha sumergido en la mierda para poder sobrevivir, lucha por ser él mismo y mantener un mínimo de cordura. Un niño que juega a ser mayor y se finge malo para que no le hagan daño, o al menos no demasiado.
Schumacher no es un realizador especialmente dotado, ni dejará una impronta más seria que la de mero artesano. Con todo, tiene la suerte más que ocasional de toparse a veces con buenas historias en las que, con mayor o menor fortuna, sirve como escriba que cuenta algo interesante. El propio director lo negará, y dirá que la historia le atrajo por una serie de matices, matices que extraerá de las observaciones de otros. Sus amaneramientos se ven compensados por la labor exhaustiva que no deja nada por contar en su argumento, so pena de saturar al espectador. Pero mejor pasarse que quedarse corto. El toqueteo de Joel Schumacher sobre el guión, tras desavenencias con el escritor, agua el mensaje en buena medida, además de incluir matices que chirrian muy mucho. Dino Velvet, el director de sadomasoquismo, es un personaje exagerado y cansino, demasiado malo, demasiado evidente. Peter Stormare se luce como es habitual, pero eso no salva que su papel no aporte nada. Pero es un mal achacable a todas las representaciones del snuff en el cine: el realizador es siempre un personaje irreal, de identificación imposible, un desatino contínuo o quizás un freno inconsciente. Luego está el final, el endulzado final. Si se prescinde de la carta de la madre de Mary Ann (impagables por ciertos sus momentos de flirteo con Tom, hacia la mitad del film), la película cerraría como un portazo, con esa sensación de una larga llantina que precede a otra mayor. En cambio el epílogo de la película intenta rescatar a Tom, redimirle o perdonarle con un deus ex machina (pun intended). Suerte que la estulticia de Nic Cage hace que reaccione igual que si leyera la publicidad del chino de la esquina, y permanezca como un hombre roto.
Queda claro que el tema le viene grande a Schumacher, pero aparte de crear un producto más que solvente, 8 mm tiene varios aciertos, algunos propios y otros salvados de la quema del guión. Al margen de la acertada ambientación está esa progresiva degradación visual, tanto de los escenarios, cada vez más lobregos y suburbanos, como del propio protagonista, rozando ligeramente la exageración al llevar cada vez más cuero y ropa oscura, pero con el color negro como un símil cantoso pero eficaz de su estado anímico. También sería excesivo el uso de música árabe para subrayar el exotismo de los lugares que visita Tom, pero más bien se trata de subrayar lo doloso y trágico. Con esa banda sonora no hay evocación de misterio inusual, sino de pobreza, vidas sin rumbo y falta de expectativas que desembocan en algo mucho peor. También se percibe como la realidad es permeable al film, o viceversa: la actriz que interpreta Mary Ann fue una stripper en la vida real, y ese iba a ser su papel hasta que Schumacher se fijó en sus ojos. La motivación del responsable del video es otro punto favorable. No hablo de los matones, ni de Dino ni del resto de arrastrados, sino del millonario cuya muerte desencadena la investigación. No se trata de un baboso que acaricie un gato en un sillón, ni un perturbado. Aunque enlace con el clásico tema de los pobres como diversión de los ricos, hay precisión al elegir la motivación que le lleva a encargar el vídeo snuff: no hay motivación. Ni deseo, ni curiosidad, ni sadismo. Simplemente lo hace porque puede. Porque personas como él pueden permitirselo y escapar casi siempre de las consecuencias.
Máquina es uno de los personajes/momento principales en la película. Con un perfil inquietante, este mastuerzo es la mano ejecutora y gozosa de las atrocidades que vemos en los vídeos. El misterio que le rodea, como mero ejecutor o sádico, se refuerza cuando descubrimos qué hay bajo la máscara. Máquina es todo lo malo de la década, la crueldad implícita que busca el beneficio (goce) con el daño de los demas, y que se esconde bajo una doble careta para tener una coartada. Doble porque, además de su sempiterna capucha de cuero, Máquina lleva una vida normal, casi ejemplar durante el día. Hijo de una anciana católica, cuando Máquina se despoja de su máscara sólo hay un don nadie, un tipo que puede ser cualquiera de nosotros. "¿Qué esperabas? ¿Un monstruo? Tuve una infancia feliz, mi padre nunca abusó de mí, quiero a mi madre... Lo hago porque me gusta", espeta a Tom. Máquina es el abismo en el que el mundo entero ha caído.Cuando Welles se encuentra al borde del citado abismo, sólo tiene una opción: arrojarse al vacio. Durante la caída vemos fogonazos de su ira, un último recurso: intentar recuperar el equilibrio (propio y del orden natural) acabando con los responsables del calvario que está pasando. Es tal su ingenuidad que, antes de liquidar a los asesinos, pide una coartada moral a la madre de Mary Ann. Necesita un permiso, del tipo que sea, incluso pone sus palabras en la boca de la mujer... tras haberla destrozado él mismo confesándole el final de su hija.
El siglo XX cerró con una falsa postura de gallardía, en pie sobre un felpudo pringoso y repugnante. Bajo él, toda la mierda que nosotros mismos habíamos acumulado, formando demasiados bultos como para taparlos todos. Como si acaso se pudiera esconder. Asesinato en 8 mm. subraya el cinismo de espantarse ante algo que hemos evitado mirar durante mucho tiempo, por la verguenza de la responsabilidad, la asunción de que no hemos hecho nada por evitar la alienación de los que habitan entre tinieblas.
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Reader Comments
Mulder , Marzo 6, 2007 10:23 AM
Bravo, excelente análisis. Me has recordado que tengo que volver a ver esa película.
Sobre los mecanismos del morbo y del miedo, hay una escena muy buena dentro de una peli bastante mala que se llama Guerreros (de Carpalsoro): uno de los militares españoles está sentado atado a una silla en una lóbrega y sucia habitación, esperando que vengan a interrogarle; el miedo que le produce la idea de la tortura le provoca un pánico tal que se imagina que le están ya pegando incluso.
Personalmente le tengo más miedo a mi imaginación que a mi vista.
Auяeal , Marzo 6, 2007 07:30 PM
Sí Mulder, además es un detalle que he pasado por alto en el análisis: la película nunca muestra gore o las peores escenas del video snuff, lo deja a nuestra imaginación y a los aspavientos de Cage.
Cisne Negro , Marzo 9, 2007 01:51 PM
Gran análisis sin duda. Una buena película, sin duda, aunque en ese final de "soy mr. cualquiera" veo ecos de esa historia corta que Brian Bolland hizo para el Batman Black & White (no creo que haya relación, pero bueno, es lo mismo) en la que un adolescente cualquiera urde el plan perfecto para matar al hombre ratapinyada.