Halloween 2 - Review

CABALLO BLANCO: “Figura vinculada al instinto, la pureza y la unidad del cuerpo físico para liberar fuerzas poderosas y emocionales, como la ira, con el consiguiente caos y la destrucción.”
Psicosis subconsciente de los sueños - Samuel L.
Probablemente, el remake de Halloween de Zombie murió de éxito antes de nacer. De un lado estaban los talibanes del género, esos fanegas que todos conocemos y que regentan importantísimas (mal que nos pese) páginas web especializadas. Fueron estos quienes cuestionaron a Zombie desde que escribió la primera letra del guión, ávidos de lanzarse al cuello de aquel que “osaba enmendar la plana a Carpenter”. En el otro extremo teníamos a los fans de Zombie, merecidamente acelerados tras la magnífica The Devil Rejects. No acababan de ver a Zombie al frente de una actualización de Halloween. Pero eh, quizás Zombie se liaría la manta a la cabeza y haría suya la película.

Rob Zombie optó por contentar a todos de forma salomónica. La primera mitad de la película ahonda en el origen de la maldad de Michael Myers, desmenuzando su severo trastorno paso a paso. Michael es de por sí un niño muy jodido en un ambiente terrible, con un complejo de Edipo galopante hacia su madre (y su hermana, Angel). El sexo es anatema para él, por aversión, asociación a lo peor de su vida (su madre es stripper, prostituta glorificada) y, por qué no decirlo, celos. Se desata el caos y las desgracias, y Michael pasa toda su juventud en un psiquiátrico. El suicidio de su madre es el último clavo en el ataúd de su humanidad, y así se crea el niño-hombre-monstruo. Zombie dota esta primera mitad de todos sus tics estéticos y formales (el rollito sleazy que tanto le va), pero tiene muy buen pulso para mostrarnos la evolución de Michael Myers. Nos muestra diáfanas sus motivaciones como asesino, así como su obsesión familiar.

Pero la segunda mitad del film era complaciente. El poder icónico de Michael Myers es muy alto, y en cuanto se pone la icónica máscara arrastra como un maelstrón el resto de metraje, que no deja de ser un slasher jugoso pero poco sorprendente. Sí, Zombie lo aliña despelotando a las protagonistas y con cameos de viejas glorias del género; pero al final cae en el tópico: víctima, víctima, víctima, duelo final con la protagonista, muerte en falso de Michael, un par de resurrecciones, y créditos.
Halloween de Rob Zombie recibió más palos que alabanzas. Lastrada por el bagaje de la saga, la película tiene un sabor raro que, con la mentalidad necesaria, puede convertirse en gusto adquirido. Con todo, el hostión era innegable, y el propio Zombie renegó del invento. Echó la culpa a presiones externas, e incluso lanzó un triple DVD que desmenuzaba su extrema dedicación al proyecto. Peeeero… Los Weinstein son fieles a su genética usurera, y querían rentabilizar el tirón (negativo pero amortizable de Halloween). Un contrato relámpago y muchos ceros convencieron a Zombie para encargarse de la secuela. Una continuación que nadie había pedido, y que para más INRI destapa a Rob como un mercenario. El artista arguyó que aceptaba porque ahora tendría total libertad creativa. “Ahora voy a hacer la película que siempre he tenido en mente”. Y el caso es que… no mentía.
(NO SIGAS LEYENDO SI TIENES INTENCIÓN DE VER LA PELÍCULA.).

Instantes posteriores a la muerte de Michael Myers. Mientras los sanitarios se llevan el cadáver y atienden a los heridos, una desquiciada y maltrecha Laurie Strode vaga por las calles hasta que es recogida y llevada al hospital. Sabemos lo que va a pasar a continuación, pero no esperamos que ocurra tan deprisa. Efectivamente, Michael no está muerto y protagoniza una brutal fuga del furgón de la morgue. Y es entonces cuando ve… algo. Un elemento que nos indica que ésta es una película distinta. De vuelta a lo ’habitual’, Laurie sale de una gráfica intervención quirúrgica para confirmar sus temores: Michael está en el hospital y quiere matarla. En la tele, una vieja actuación de The Moody Blues cantando "Nights in White Satin".
Pero no. Todo era una pesadilla de Laurie. ¿O no todo? Efectivamente, Michael escapó del furgón, y comenzó un larguísimo hasta Laurie. Tan largo que dura dos años, durante los que ha habido bastantes cambios. Laurie vive con Annie, la otra superviviente del ataque de Myers, y con el padre de ésta, el sheriff (Brad Dourif). La casa en general y la habitación de Laurie en particular es típica de esa decoración que tanto pone a Zombie: desorden, ropa sucia tirada, teles en blanco y negro con programas antiguos y cientos de posters postadolescentes. Pero este Síndrome de Diógenes también ilustra el chocho mental de Laurie. Los supervivientes a la matanza han seguido adelante a su manera: Annie, con resignación y aguante. Loomis, convertido en un capullo arrogante decidido a exprimir las rentas de su vivencia, en forma de best-sellers (enfoque que permite a Malcom McDowell estar mucho más cómodo en su papel).

No así Laurie. El desbarajuste de su habitación es parejo al de su cabeza. Las sesiones con su psiquiatra (interpretada, en una coña cabrona de Zombie, por… Margot Kidder) no van a ninguna parte. Devora la medicación para ir tirando, quiere dejarse llevar para olvidar, y la asaltan extrañas visiones. Y alguna de ellas muestra un instinto latente en Laurie, muy oscuro y peligroso. Todo esto va a más, porque algo se acerca.
Michael Myers es menos icono y más persona. Zombie deja claro que cuando Myers no es la figura letal que encarna, es vulnerable. El sintecho barbudo puede ser apalizado por unos paletos, pero al ponerse la máscara vuelve a ser el gigante asesino que no hace prisioneros. Un Michael Myers menos arquetípico pero con más matices terrenales (por primera vez, emite gruñidos al matar), y guiado por la que fuera única luz en su vida: su madre, que desde el más allá le promete que han de estar todos juntos, en cuanto se reúna con su hermana.

La reunión es inevitable, avanzada por momentos de intensidad creciente. Laurie descubre la verdad sobre su hermano, lo que la lleva a tener visiones cada vez más poderosas, a sentir la llegada de Michael (estupenda escena con la cena y la carne de perro) y… ¡a ver también a su madre! La joven intenta escapar de esta oscuridad celebrando la vida, divirtiéndose a tope con sus amigas. Hace exactamente lo que Michael odia y persigue, desde su primer homicidio. ¿Es una forma de invocar a su hermano? ¿Una ofrenda inconsciente de Laurie, al brindarle a Michael sus amigas? ¿Morirían éstas de todos modos? Se nos ofrece una riqueza de interpretaciones, a la vez que Zombie también se crece con el tramo final de la película. El director nos regala las grandes composiciones, crímenes mudos, montajes paralelos… artillería pesada para el gran final.
La locura de Laurie alcanza su cénit justo cuando Michael se rehumaniza por completo. Loomis es testigo, trasunto de figura paterna que, por su abandono, despierta las iras del Michael niño-adulto. Desprovisto de su máscara, el buldózer es vulnerable y abatible. Su fuerza reside ahora en otra persona, también abatida… pero no vencida. Desde una celda psiquiátrica que dudamos sea real, Laurie recibe a su madre. Viste pálida y le acompaña un corcel blanco. Laurie sonríe, aceptando de buen grado su visita.

Zombie se retira dejando el pabellón altísimo. ¿Seguirá Halloween 3D el camino marcado con este final, o será un nuevo reboot por miedo de tomar tantos riesgos? Sea como fuere, Rob tiene motivos para estar orgulloso. De acuerdo, nos ha privado del despelote general de las protagonistas y del Michael infante original, el inquietante Daeg Faerch. Pero podría haber cubierto expediente con cuatro muertes y un argumento formulaico. En lugar de eso, se ha tomado su tiempo para plasmar, esta vez sí, su visión sobre Michael Myers. Ha conseguido transformar el concepto en personaje. Para que luego digan del hillbilly follastrippers.
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